Sesión 3: “The Pursuit of Happiness” o “¿En qué consiste la felicidad?

“Un día me dijeron que la felicidad consiste en no querer moverse de donde uno esta.”

– Xavier Velasco

Estoy tendido en una hamaca, el agua esta tocando mis pies, mis piernas, una parte de mi espalda, con una mano atrás de mi cabeza y la mirada perdida en el horizonte. 

Estoy en Holbox, es nuestro segundo día. Mi roomie, una amiga y yo nos escapamos de la ciudad el finde para venir a este pedazo de cielo en la tierra. 

Las últimas seis horas las hemos pasado durmiendo, leyendo, tomando unas cervezas y nadando. Solo nosotros, en una playa hermosa, adornada por algunas hamacas, y por la cual pasan algunos turistas esporádicamente. Siento como si mi vida se hubiera transformado por unos instantes en La Laguna Azul, esa película ochentena de una pareja que naufragó en una isla paradisiaca a mitad de la nada y que eran víctimas de un amor pasional entre ellos y el lugar que los rodeaban; como si hubiera recobrado, al menos por unas cuantas horas, el Jardín del Edén del que fueron expulsados Adán y Eva. 

La playa se llama Punta Cocos y es, según mi roomie, el mejor sitio para poder ver la puesta del sol en toda la isla. Independientemente de que lo sea o no, la paz, tranquilidad y el entorno de la playa bien hacen que los cuarenta minutos que caminamos entre el centro de Holbox y la playa, pasando por charcos de casi un metro de profundidad y caminos solo hechos para vehículos todo terreno, valieran la pena. 

Yo llevo una hora sin moverme de la hamaca, esperando que el sol comience a descender. La fusión de colores, entre naranja, amarillo, morado y azul, parecen un atardecer que solo podía ser capturado por Monet. 

Aún hoy, casi seis meses después de haber visto ese atardecer en Holbox, lo puedo recordar como uno de los momentos más felices y significativos de mi vida en la Riviera Maya. 

Supongo que la vida está llena de recuerdos y experiencias que nos marcan y regresan a nosotros, de manera involuntaria, como diría Marcel Proust, para ser aplicados en el momento más oportuno. 

Confieso que soy un tanto curioso. Bueno, creo que siempre lo he sido. También ocioso. Soy algo aficionado a poner esos stickers en las  historias de Instagram en donde tus seguidores pueden hacerte preguntas; soy más del tipo que prefiere que le pregunten algo, en vez de abrirse ante los demás y parecer alguien con el ego hasta las alturas. 

Un día, sin mucho trabajo en la oficina, puse uno de esos stickers y escribí: “Dense. Respondo con la verdad”. 

Unas horas después me llegó una pregunta bastante filosófica comparada con las que generalmente hacen. Decía: “¿Ya eres feliz?”

No se si la pregunta tenía o no el propósito de impresionarme, pero lo hizo; y de pronto me vi preguntándome a mí mismo, al estilo Chava Iglesias de Club de Cuervos: “Mi mismo – con acento Nuevo Toledano – ¿eres feliz?”

Para mi la felicidad no es como la pintan; puede estar en un atardecer, un sabor o una sensación, en ver el cielo estrellado cada noche al salir del trabajo, el hacer feliz a alguien más o incluso el estar a gusto contigo mismo. Pero estoy seguro de que tomé una buena decisión al venirme a vivir a Cancún, sí, no me arrepiento de ello.

En los días más oscuros de mi depresión me cuestionaba una y otra y otra vez hasta quedarme dormido o hasta que las lágrimas se me agotaran: ¿Volveré a ser yo algún día? ¿Volveré a ser feliz?

Sabía que si tenía una respuesta certera sobre ello podría al menos tener la seguridad de que todo iba a estar bien, que solo estaba pasando por una fase; pero también estaba seguro de que si la respuesta era negativa no había más opción más que tomar un cuchillo, un frasco de pastillas, o varias botellas de alcohol, y lanzarme directamente hacia los brazos de la muerte. 

(Por suerte siempre he sabido que soy lo suficientemente cobarde como para suicidarme)

Mi tía Bego fue la única persona en mi familia a la que recurría en esos momentos de desesperación, tal vez porque siempre hemos tenido una conexión fuerte con respecto a nuestras ideas, la forma en la que vemos el mundo y como pensamos en resolverlo. Estando bajo el manto de la depresión le escribí una vez: “Tengo miedo de que las cosas no vuelvan a ser como antes. Tengo miedo de que nunca más vuelva a ser mi anterior yo, de que nunca más pueda volver a ser feliz”. 

“Victor,” me respondió de inmediato, “¿qué es la puta felicidad?, defínela, porque yo todavía no la conozco así como tal. Yo la descubro día a día. Pensé que mi felicidad terminaría con la muerte de mi madre y ¿qué crees?, la felicidad nace y renace a diario. La felicidad así como te la venden NO EXISTE, esas son mamadas. Hay días oscuros, en los cuales comerme una concha con chocolate me ‘hacen el día’, y hay días que resultan absolutamente luminosos. La felicidad también tiene que ver también con la posibilidad de crear, de armar y desarmar, de reírme de mi misma; y una de mis tareas diarias – aunque a veces no suelo lograrlo – es no decir “nunca” ni “siempre”. Ambas palabras son tan definitorias y relativas…”

Su cachetada verbal fue lo único que necesité ese día para levantarme de la cama y poder comenzar a rasguñar las paredes del hoyo emocional en el que estaba. Eran los primeros pasos hacia la salida sana y segura. 

A partir de ese momento comencé a catalogar los momentos que me hacían descubrir la felicidad  día a día: ya fuera estar leyendo un libro que moría por leer desde hacia algún tiempo, o ir manejando y cantando en el coche a todo volumen, sin importar que me juzgaran los demás conductores, o simplemente el estar tirado en mi cama, viendo una película con mi madre haciéndome piojito. Bego tenía razón: la felicidad que nos venden son puras ilusiones, uno debe de construirla día a día, sobretodo partir de esos momentos a los que a veces no les damos tanta importancia pero que bien pueden tener un gran impacto en nosotros. 

Así que ese día, frente a esa pregunta que englobaba muchas emociones y sensaciones que me habían definido en los últimos meses, recordé esa puesta de sol en Holbox, la sensación del agua al hacer el contacto con mi cuerpo, y como mi mente había estado, por primera vez tras varios meses de turbulencia personal, en paz y tranquilidad con lo que la vida le ofrecía. Fue ahí, sin ninguna duda, que pude contestar: “Para mi la felicidad no es como la pintan; puede estar en un atardecer, un sabor o una sensación, en ver el cielo estrellado cada noche al salir del trabajo, el hacer feliz a alguien más o incluso el estar a gusto contigo mismo. Pero estoy seguro de que tomé una buena decisión al venirme a vivir a Cancún, sí, no me arrepiento de ello.” 

Un día leí que la felicidad consiste en no querer moverse de donde uno esta. Si eso es verdad, sé que estoy donde soy feliz, por ahora, donde ando construyendo y descubriendo mi felicidad desde que el sol se pone hasta que estoy acostado esperando que el sueño se apodere de mí. Por eso es que cuando mi auto sabotaje sale a la luz y me cuestiona sobre regresar a casa, el pensamiento que viene al rescate sale y es este: “Mi casa es donde yo me encuentro feliz, y si por ahora lo soy estando aquí, no veo a qué otro sitio debo de regresar.”

Sobretodo cuando aún hay muchas cosas que descubrir día con día estando por acá, 

-V

Sesión 2: “Changes” o “No sólo las serpientes cambian de piel”

Domingo por la mañana. No hay ropa que lavar ni casa que limpiar. Tomo mi mochila y un buen libro, me pongo mi traje de baño y mis lentes de sol; después de un desayuno dominical at Mary’s – tres hot cakes con todo y un litro de Chocomilk – tomo el camión para ir a la playa. Lo usual para hacer un domingo completo si uno es joven, tiene veintitantos años y vive en Cancún. 

Después de unos quince minutos en las olas, de haberme puesto algo de bloqueador y bronceador me tiro en mi toalla y me quedo profundamente dormido. Solo me despierta un vendedor ambulante que esta ofreciendo Toritos veracruzanos. Miró mi reloj y han pasado unas dos horas aproximadamente desde que me quedé dormido.

Empieza la metamorfosis. 

Al principio no es evidente, pero cuando llego a casa esa noche, después de haber comido y haber comprado un desodorante para bolas – lo sé, difícil de creer, pero en serio muchas relaciones sexuales se salvarían si se esparciera más la voz con respecto a ese producto – me miró en el espejo. Mi color de piel no es café, ni arenoso, es rojo cual calzón de tianguis en víspera de Año Nuevo. Tenía años que no me quemaba de una forma tan brutal. El único pedazo de mi cuerpo que aún conservo intacto, claro está, es la parte que cubría el traje de baño. Mal día para no haber llevado un speedo. 

El lunes sufro el mover cada parte de mi cuerpo debido a las quemaduras, las cuales trato con un poco de crema de aloe. El martes el dolor es menos intenso pero sigue ahí, y el miércoles me doy cuenta de lo que vendrá el resto de la semana, y posiblemente del mes: estoy cambiando de piel. 

Parece que la vida te da señales justo en el momento en que más las necesitas, a veces de manera directa y otras de manera indirecta. Yo decidí tomar mi cambio de piel como una señal de mi cuerpo gritando desesperadamente que ya era hora de comenzar a cambiar. Ajá, alguien podría avisarle que llevo los últimos seis meses cambiando de manera drástica, incluyendo mi código postal. 

La mamá de mi mejor amigo solía decirnos que de una u otra forma cualquier cambio es bueno; es la manera más sana de cerrar ciclos sin tener que masacrar tu cabello. Desde entonces cada vez que un cambio ocurre en mi vida me acuerdo de ella y sus palabras, y trato de verle el lado bueno al asunto, esto evita que quede estancado en el hoyo de la estabilidad y el conformismo, – y la verdad es que nunca me ha gustado ser conformista. 

A lo que voy es que algo sin mayor importancia como una quemazón corporal, que solo podía verse como un problema estético y de comodidad terminó siendo un tema de reflexión para mi sobre mi vida y los cambios que he tenido en los últimos siete años. 

La última vez que me había quemado de manera tan fea que mi piel comenzó a despegarse fue en un viaje a Acapulco con mi madre. Fue por estas mismas fechas. Aún no acababa la preparatoria y me debatía entre que carrera elegir y la universidad a la que quería asistir. Con el cambio de piel vinieron los cambios radicales que llevaron mi vida hasta este preciso instante: la decisión de una universidad donde nunca había esperado asistir, pero sobretodo la decisión de una carrera que nadie se había esperado para un bibliófilo que soñaba con ser la siguiente voz literaria de su generación. 

Cerré un ciclo, sin haberme dado cuenta, para abrir otro que al final me terminó trayendo hasta la Riviera Maya. 

Y ahora al parecer estaba a la puerta de otro nuevo cambio…

A veces, solo a veces es necesario un pequeño accidente bajo el sol para darnos cuenta de que los cambios no son malos, sino que en realidad son una oportunidad para mejorar en lo que ya destacamos y retarnos a nosotros mismos en terrenos aún sin explorar.

Cancún en maya significa “nido de serpientes”, y al igual que hace varios siglos ellas siguen habitando por estas tierras, solo que ahora no son reptiles, sino son seres humanos que buscan una transformación o un cambio radical en sus vidas tras una larga serie de eventos que han tenido un gran impacto en ellos, generalmente de manera emocional. 

La mayoría de las personas con las que me he topado viviendo acá en los últimos meses vienen buscando en Cancún un respiro de sus vidas sofocantes y desquiciadas en las grandes ciudades, y lo más interesante de esto es que todos se la piensan por bastante tiempo si les llegas a preguntar si regresarían a su lugar de origen. 

Pero, ¿cuál es el cambio que buscamos? 

¿Acaso un cambio físico? ¿Un cambio emocional? ¿Un balance entre ambos? 

Ya había dicho con anterioridad que mi objetivo principal acá era dar un giro de trescientos cincuenta y nueve grados, despegarme de todas las comodidades a las que estaba acostumbrado y lanzarme al mundo real, pero aún sigo preguntándome ¿por qué tuve que empezar acá y no en Ciudad de México, como siempre esperé o soñé? ¿A caso el cosmos siente que aún no estoy listo para las ligas mayores, o sencillamente necesitaba una desintoxicación espiritual de tanta vibra de ciudad entre valles y volcanes? 

Y lo más importante es: ¿qué cambios he realizado con casi cinco meses de estar viviendo en el “nido de las serpientes”? 

Antes – como dijera mi terapeuta – tenía miedo: miedo de ser quien en verdad era. De tener que estar atento a todo momento de no toparme con alguien que conocía por temor a que me preguntara que hacía en tal lugar, así fuera si solamente estaba comprando el Súper por mi cuenta; de tener que estar complaciendo a las personas con las que convivía por no ir a la par con su forma de pensar, y no poder expresar mis ideas libremente. Ni siquiera podía ponerme una playera sin mangas todo el día, porque según mi madre “se me veía rara” porque “no era mi estilo”. 

Ahora…todo eso ya no me importa. 

No me preocupa ir solo a hacer compras, o a comer. Disfruto el tiempo que estoy conmigo; sé que no debo estar yendo por la vida complaciendo a los demás, ya que esa no es mi obligación. Si quiero expresar libremente que soy homosexual ya sea con mi roomie, mis compañeros de trabajo o mis amigos, lo hago, y si quiero contarles y desahogarme de lo mal que me fue en mi última cita con un patán tóxico lo hago, porque al final terminamos riéndonos de eso y lo añadimos a la lista de malas experiencias en el terreno amoroso. Puedo pasar todo el día en shorts, camisa sin mangas, o incluso sin camisa sin importarme si es mi estilo o no, porque yo elijo lo que se me ve mejor a mí y con lo que me sienta más cómodo

He hecho un cambio para bien, y ese es el saber a que cosas hay que temerles y a cuáles no; y lo interesante es que son muy pocas las cosas que merecen un miedo sano y natural, al contrario de las cosas sobre las que nos preocupamos la mayor parte del tiempo. Y ahora mi cuerpo me esta diciendo, de manera literal, que el cambio de piel es el inicio de algo más fuerte, más serio e importante, que requerirá una nueva “piel” para poder enfrentarse a cada obstáculo que se presente.

A veces, solo a veces es necesario un pequeño accidente bajo el sol para darnos cuenta de que los cambios no son malos, sino que en realidad son una oportunidad para mejorar en lo que ya destacamos y retarnos a nosotros mismos en terrenos aún sin explorar. 

No hay necesidad de cortarse el cabello de manera drástica cuando tu misma piel te esta diciendo “Hey, creo que es hora de agarrar otro tono de color, y ahora creo que nos quedaría mejor un tono más oscuro”. 

Afrontar los cambios no significa dejar las cosas atrás, significa tomar lo que tenemos y solo llevarlo hasta otro lado para conseguir mejores oportunidades o experiencias. 

Después de todo, nadie puede pasar su vida sin moverse del mismo sitio, 

-V


Sesión 1: “Another Day in Paradise” o “¿Cuál es la palabra para “Cancún”?”

La primera vez que vine a Cancún fue tal vez hace unos veinte años. 

Mi padre había venido a supervisar un proyecto y decidió traernos a mi madre y a mí. Por supuesto, como todo buen “hombre de negocios”, tuvo que regresar antes a casa por un “contratiempo de trabajo”. Fue nuestro último viaje familiar antes de la separación y todo el drama que conlleva la extinción de un matrimonio. 

Curiosamente no guardo malos recuerdos de esos días. 

Recuerdo lo mucho que me divertí en la playa y en la alberca, construyendo castillos de arena y después pirámides mayas; visitamos Tulum y Chichen Itzá, que para mí, en aquel entonces un morrillo de 4 años apasionado por las culturas antiguas, los mitos y la historia, fue el conocer un mundo perdido y nuevo donde habían co habitado dioses y humanos en perfecta armonía, y también fuimos a Plaza Kukulkán, que era donde mi padre se encontraba trabajando. Al regresar recuerdo que le dije a mi mamá que quería regresar a Cancún por el fin de cursos, pero ahora con todos mis compañeros del Kinder (me gusta creer que yo fui el pionero de los viajes de graduación a Cancún, y a tan corta edad). 

Por ningún momento pasó por mi mente que terminaría viviendo acá. 

Con los años volví a ir unas cuantas veces, pero nunca me sentí como en aquella ocasión en que fui por primera vez. Creo que la pasé de manera tan simple, que de ahí surgió mi desagrado por la Riviera Maya, y el hecho de que la llamara el Estado Número 52 de Estados Unidos. 

En resumidas cuentas, mi primer contacto con Cancún fue de fascinación. Era un sitio donde no solo había playa y diversión, sino también una cultura ancestral que no había muerto y que se encontraba presente hasta en el nombre de sus calles y sus centros comerciales. Todo esto me irradiaba en mí una energía y una vibra extraña, pero positiva, que por entonces no sentía, pero que ahora encuentro con cada paso que doy, así sea camino a hacer las compras para la casa. 

Cuando vine a la entrevista de trabajo no se qué sucedió, pero volvió la chispa y la energía positiva que sentí en aquel primer viaje. No tuve que buscarlo, simplemente me miró desde el sitio en donde se había sentado por tantos años y me dijo: “Hola, ¿me recuerdas? Creo que es hora de que tú y yo vayamos a dar un paseo.” 

Obviamente Cancún ha cambiado tras veinte años y un huracán que casi borra sus huellas de la superficie terrestre. El Cancún que yo conocí cuando era un niño no es el mismo que conozco ahora como un joven semi independiente. Es como aquella foto que una vez encontré en un viejo album familiar de una playa virgen, rodeada de un azul intenso y turquesa, con arena blanca como la nieve y una leyenda escrita en pluma con la letra de mi madre: Cancún, 1978. 

Efectivamente, uno nunca puede bañarse en el mismo río dos veces

Al ir caminando en esos breves días que estuve aquí antes de mudarme, iba por la paya, los centros comerciales, las calles fuera de la Zona Hotelera, y me decía a mí mismo: “¿Lo ves? No es tan malo. Quieres escribir una historia, pues bien, aquí tienes tu escenario. Solo levanta esas manos que has tenido en descanso por sepa cuantos años, y ponte a escribir. Es tu momento.” 

Sí. Había llegado mi momento. 

Hay palabras que definen a un sitio en específico, que pasa por la mayoría de la mente de todos sus habitantes y que si no encaja con ellos posiblemente no encaje con su vida en dicho lugar.

Es un viernes por la noche. Mi roomie y yo estamos agotados, nos encanta decir que somos unos ancianos, y eso que no pasamos de los veintitantos años. Ordenamos pizza, pan de ajo, y mientras ella se pinta las uñas yo estoy leyendo.

Últimamente estoy metido en la filosofía, pero aquella que te ayuda a ver el mundo de otra manera y te vuelve una persona un poco más liviana, para poder cambiarte a ti y así cambiar tu entorno sin que compliques tanto las cosas. En pocas palabras, esa filosofía generadora de buena vibra y valemadrismo que uno necesita en pleno siglo XXI y más si es millennial. Estoy leyendo Eat, Pray, Love

Hay una parte en la que la autora se pone a discutir con un amigo cual es la “palabra” de las ciudades. Esas palabras que definen a un sitio en específico, que pasa por la mayoría de la mente de todos sus habitantes y que si no encaja contigo posiblemente no encaje con tu vida en dicho lugar. De pronto, me pregunto: ¿Cuál es la palabra para Cancún?

Tengo la palabra para varios lugares más de la Riviera (todas son mías, así que perdón si llego a ofender a alguien), por ejemplo: 

La de Playa del Carmen es “pecado”, la de Holbox es “escape”, Tulum podría ser “Hippie” y Puerto Morelos “tranquilidad”. 

Pero en estos casi cuatro meses de vivir acá nunca me ha surgido una palabra para Cancún, que irónicamente es mi nuevo hogar. ¿Será cierto que si mi palabra no encaja con la de los demás, no podré encajar con el lugar?

Le pregunto a mi roomie: “¿Tu cual crees que sea la palabra para Cancún?”

“Fácil”, me dice mientras le da una mordida a su pizza, “es ‘Paraíso’.”

“Paraíso” no suena tan mal en mi mente después de todo. Encaja.

Vengo de una especie de Purgatorio dantesco personificado por la Ciudad de los Ángeles (y los Demonios), como a mí me gusta llamarla, y al igual que Dante, terminé en el Paraíso sobre la Tierra

El lugar donde la mayoría de sus habitantes son foráneos porque todos venimos con la misma intención: hacer nuestras las vibras de este paraíso, para poder después seguir con nuestras vidas ya sea aquí o a donde nos lleve el viento. 

No estoy diciendo que todo sea idilio y perfección al vivir acá; al igual que en muchos sitios de México hay violencia e inseguridad, pero al menos me siento seguro caminando hacia mi casa a plena luz del día, o sé que mí celular y mi cartera no corren ningún peligro en el transporte público. Viviendo en Puebla, no podía ni siquiera confiar en los limpiavidrios que se ponían en cada esquina. (No lo digo queriendo perjudicar a mi ciudad de origen, pero en serio, se siente. La atmósfera cambia cuando llegas de un lugar a otro)

De pronto tomo el celular y escribo en Twitter: 

¿Cuál es la palabra para “Cancún”?

Inmediatamente una respuesta: 

“Paraíso”. 

Uno de mis propósitos del año es agradecer todas las mañanas al universo por 3 cosas, buenas o malas, que me ayudan como ser humano. Lo hago al despertar para que me lleguen de manera espontánea y sean lo que mi mente inconsciente este pensando. 

Cada semana aparece la misma: 

“Gracias por otro día más en este paraíso.” 

(Tenía la palabra en mis labios todo este tiempo y nunca me di cuenta)

De pronto pienso en esa canción de Phil Collins, tal vez mi favorita de su época previa a hacer el soundtrack de Tarzan, y me doy cuenta que la letra es algo fuerte. Habla sobre gente pobre en la calle, pidiéndole dinero a otras personas que ven pasar, y aunque los demás no saben por lo que están pasando los callejeros, se alejan y se van, sin ayudarlos, sin darse cuenta que la vida para ellos es mejor que para los otros, y que están viviendo “otro día más en el paraíso”. 

Así es como yo veo el vivir en Cancún ahora: estar en el paraíso, pero no de manera idílica, sino de la forma en que vivo en un sitio, y con una vida, que muchas personas desearían tener; y a veces uno da por hecho que nos lo merecemos, cuando en realidad todos lo merecemos, pero muy pocos somos los afortunados en tenerlo. 

Creo que eso es lo importante, agradecer la situaciones que nos vuelven “afortunados” y que nosotros damos por hecho que deben suceder. Cosas simples como el disfrutar un momento con tus amigos, tu familia, tu mascota, el tener un trabajo cuando estamos atravesando por una crisis de desempleo o muchas personas no tienen que comer, hasta el simple hecho de despertar todas las mañanas, cuando nadie tiene la vida asegurada. 

Todos somos afortunados, pero a veces nos cuesta darnos cuenta de ello. 

Deseo que todos puedan despertar el día de mañana, dándose cuenta que están en su propio “Paraíso”, 

-V. 

Prólogo: “Welcome to the the real world” o “De cuento de hadas a historia de terror (psicológico)”

Hubo una vez un joven héroe que se graduó de la universidad.

El joven era inteligente, talentoso y con muchas oportunidades por delante. Desde el momento en que recibió su diploma toda su familia sabía que el futuro le iba a sonreír sin importar a donde fuera o lo que decidiera hacer con su vida.

Pasaron 6 meses  en los que el héroe se dedicó a viajar, aprender nuevos idiomas, verse con viejos amigos de la preparatoria, e incluso acomodó esos cajones de su cuarto que llevaba años sin ser ordenados propiamente. 

Hasta que un día despertó…

Y no hablo en el sentido literal de abrir los ojos, saltar de la cama y comenzar el día, sino que despertó de verdad, a la realidad, sin efectos especiales, encantamientos ni hechizos. El mundo del día a día habitado por millones de personas de carne y hueso. 

Despertó de el cuento de hadas que se había formado en su mente por tantos años y se dio cuenta como eran las cosas en realidad; pasó de ser un héroe ante sus ojos a ser un joven común y corriente, con una carrera concluida, desempleado, 23 años – casi 24 -, aún viviendo con su madre, hijo del famoso “tengo todo esto porque me lo merezco, y nunca he trabajado un solo día en mi vida y es muy probable que nunca lo haga”. Yendo al grano, el tipo se dio cuenta que no era un bueno para nada, pero sí que se había convertido en una de sus peores pesadillas: un Nini. Y lo peor de esto, es que no tenía ni la menor idea de que rumbo iba a tomar su vida. 

La mente por lo general es cabrona, y más si hablamos de la de nuestro protagonista,  quien en estos momentos comenzó a sentirse personaje de una película de Darren Arnofsky o de Lars von Trier: caos reinando por todas partes mientras música clásica suena de fondo, y sin una trama específica.

La realidad de pronto le pareció tan dura, cruel e insoportable, que sus ojos llegaron a dudar de todo lo que veían, creyendo que lo que tenia enfrente era producto de una alucinación o un truco mental (googleen: “desrealización” y/o “despersonalización” para saber más del tema). Fue aquí cuando entraron en escena los dos villanos de la historia: El malvado Dr. Ansiedad y su secuaz, el jorobado Depresión. 

Con los tres juntos – ansiedad, depresión y los sentimientos de no pertenecer al mundo exterior de manera corriente -, el joven se encontró perdido, confundido, solitario y desesperado. La mera idea de existir le parecía horrenda, los sentimientos de no valer nada eran casi permanentes en su mente, y su actividad favorita, antes la lectura, ahora era permanecer en posición fetal en su cama, viendo Netflix y llorando de vez en cuando. No encontraba nada con que salvarse, ni nadie que lo escuchara. No quería preocupar a su madre ni a sus seres queridos, ni quería tampoco cometer algo estúpido, pero temía poder hacerlo. 

Sentía una ansiedad terrible a todo momento; al manejar, al bañarse, al comer. El calor corporal de su cuerpo lo había abandonado y había sido remplazado por miles de cubos de hielo imaginarios en las plantas de sus pies. Su apetito había disminuido, y lo único que ansiaba era poder regresar a su cama para estar ahí tirado todo el día.

En más de una ocasión llegó a creer que su mente se iba a despegar por completo de su cuerpo y nunca más regresaría a ser la persona que era, que quedaría ahí parado, en estado vegetal, mientras su mente era testigo de su deterioro corporal. Temía que esto pasara estando en la calle o rodeado de miles de personas, que incluso pudiera perder el control y dejara de comportarse de manera civilizada. Pero más que nada temía que nunca podría recuperar el control sobre su cuerpo y su mente, que nunca pudiera domar al dragón mental.

En más de una ocasión llegó a pensar que para acabar con todos estos sentimientos era necesario acabar con su vida. Las cuchillos afilados y los estiletes se convirtieron en objetos que le causaban pánico, y en su casa huía de cualquier sustancia que dijera “Tóxico” o “Veneno” en el empaque. 

Fue por eso que acudió con el Hada Madrina de la Hipnoterapia. 

Durante varias sesiones el joven y la terapeuta trataron varios de sus problemas: su sexualidad, su relación con su madre, su autoestima, su dolor, su ansiedad y depresión, etc. Hasta que las cosas comenzaron a mejorar poco a poco. 

Un día el joven vio que su anterior dentista estaba buscando room mate, en Cancún. 

“Ayúdame a encontrar trabajo allá y somos roomies”, le escribió el joven. 

En menos de 72 horas ya había una respuesta por parte de su dentista:

“Envíame tu curriculum, ya te tengo trabajo”, le dijo ella. 

El trabajo era en una empresa de diseño, también en Cancún. (El último sitio donde el joven se veía viviendo, ya que según el Cancún no era parte de México, más bien era el estado 52 de EE.UU.) Por supuesto esto involucraba dejar a su familia, toda su vida conocida hasta el momento y mudarse completamente solo hasta la punta sur del país. 

Tal vez era el sueño para muchas personas, pero para él era un paso enorme, y una vuelta de trescientos cincuenta y nueve grados a su vida. 

Justo lo que necesitaba. 

A la semana llegó un correo de uno de los jefes diciendo que su curriculum lo había impresionado bastante y quería conocerlo en persona…en Cancún. 

Era un domingo en la mañana, normal y gris, cuando el joven recibió la noticia. 

Dejó su depresión y su ansiedad a un lado, tomo su computadora, armó su maleta en unos instantes, y a la mañana siguiente se encontraba volando hacia la entrevista, y tal vez hacia uno de los momentos decisivos en su vida. 

La entrevista no duró más de treinta minutos. El jefe volvió a repetirle al joven lo impresionado que estaba por su curriculum, le agradecía el haber hecho lo posible por haber ido tan pronto, pero no podía asegurarle nada aún. 

“Pero puedes estar seguro que nos encantaría que formaras parte del equipo. No todas las personas toman la iniciativa de venir de un día para el otro, y en la empresa tener iniciativa es algo importante.”

No se dijo más. 

Al día siguiente el joven regresó a casa, y su mente ya se estaba acostumbrando a la idea de que no sería contratado y tendría que quedarse en su ciudad trabajando y viendo las mismas caras de todos los días, presa y víctima de sus demonios mentales. De pronto su teléfono sonó. Era el jefe que lo había entrevistado.

“¡Felicidades! Bienvenido a bordo,” le dijo por la otra línea. 

Y colorín colorado…

¡JA! ¿Qué creyeron? ¿Que ya venía el final feliz?

Si esto apenas es el principio. 

Para estas alturas ya sabrán que el joven era yo. Y me encontraba en una de las decisiones más importantes de mi corta vida, mientras atravesaba uno de mis periodos más oscuros y más profundos de manera mental y emocional.

Por un lado se encontraba una oportunidad de trabajo que no le llega a cualquiera meses después de concluir la universidad, y por otro estaba mi zona de comfort: mi familia, mi perro, mi casa, mis amigos, mis libros, la vida tal y como la había conocido por tantos años. 

Pero también estaba en juego mi salud mental. 

¿Qué quería en realidad? Ser feliz. 

OK, entonces ¿iba a ser feliz en Puebla? 

¿Iba ser feliz en un sitio donde me sentía juzgado por todas las personas? ¿En donde cualquier acción iba acompañada del famoso “¿Qué dirán?”; y donde mantener las apariencias era más importante que la felicidad personal?

¿En verdad era dueño de mi vida al estar viviendo ahí? A todo esto, ¿era feliz donde me encontraba? 

La respuesta la tenía en mi mente desde hace unos años, o tal vez desde siempre: NO. Rotundamente NO.  

Cuando fui a hacer la entrevista, aún presa de la depresión y sorprendido esporádicamente por los ataques de ansiedad, mi tía Bego me dijo: “Eres un pájaro, y extendiste las alas hace mucho tiempo, chamaco. ¿Qué hacen los pájaros cuando extienden sus alas? Vuelan. Pues vas papacito, a volar se ha dicho.”

Sabía que mi vida implicaba en algún momento salir de casa, enfrentarme al mundo real y volverlo mío. Ya no era el joven berrinchudo y asustado de la vida, que no había trabajado un solo día a lo largo de 23, casi 24 años. Ahora era el hombre que debía conocer en carne propia lo que era ganarse su propio dinero, como manejar una casa, lo que era el trabajo de verdad, y todas esas cosas que a la larga lo vuelven a uno un ser humano. Pero había algo que me daba miedo, mucho más de lo que me imaginaba: el fracaso. 

¿Qué pasaba si me equivocaba en mi decisión? ¿Si al final Cancún o el trabajo no eran para mí? ¿Quién se sentiría más decepcionado? ¿Yo, o todas las personas que siempre habían dicho lo inteligente y talentoso que era, y que tenían muchas esperanzas en mí y en mi futuro? ¿Habría personas que se sentirían bien al verme fracasar? 

“Equivocarte”, me dijo un día mi terapeuta tras haber estado hablando por largo rato después de una de nuestras sesiones, “es un recordatorio de que somos seres humanos. No le tengas miedo a la equivocación, más bien témele al no hacerlo. Esta en nuestra naturaleza cometer errores, y si te equivocas por haberte ido hasta allá, no te preocupes: regresas. Asunto arreglado. Pero no puedes saber que sucederá si no lo llevas a cabo.”

¿Y qué pasó después?

Hay una escena en el primer capítulo de Friends que siento que va aplicada a esta historia: Jennifer Anniston, o Rachel en la serie, huye de su propia boda antes de la ceremonia. Sin tener a donde ir en Nueva York recurre a Mónica, una ex compañera de la preparatoria, y su nuevo grupo de amigos, ciudadanos americanos promedio y sin privilegios. Tras decidirse que no va a regresar a su vida anterior y que debe volverse independiente de sus padres, Rachel decide encontrar un trabajo. Sus nuevos amigos realizan una especia de “rito de iniciación” en el cual ella destruye todas las tarjetas de crédito a su nombre, mientras todo el grupo la anima y le dice “¡corta, corta, corta!”. Al terminar de hacerlo Mónica la abraza y le dice la frase que más se ha quedado en mi memoria, y que me animó mucho a tomar la decisión de venir a vivir a Cancún: 

“¡Bienvenida al mundo real! ¡Apesta! Vas a adorarlo.”

Pues heme aquí, en el mundo real, tras casi cuatro meses de vivir fuera de casa. Escribiendo en un Starbucks el intento de un blog que por tantos meses he imaginado. Compartiendo un departamento con mi antigua dentista, que ahora es una de mis mejores amigas acá, formando una familia con mis compañeros de trabajo y amigos, llevando casi una semana sin utilizar redes sociales de ligue -ya les diré después el porque de eso -, con un trabajo algo estresante a veces, pero divertido la otra mitad del tiempo. Lejos de casa, de mi madre, de mi familia, de mi perro, mis amigos y mis libros, pero formando una vida que nunca imaginé que llevaría. Agradeciéndole de manera indirecta a la vida por ese “despertar” metafórico que me dijo a tiempo que era hora de llevar las cosas hacia otro lado, literal. No tenemos gas, no hecho las compras de super en una semana, y no he recibido mi paga mensual hasta dentro de una semana, si es que bien nos va, pero les digo algo, no me arrepiento de nada. Abso-puta-mente de nada. 

Agárrense que viene lo bueno, 

– V.