Sesión 3: “The Pursuit of Happiness” o “¿En qué consiste la felicidad?

“Un día me dijeron que la felicidad consiste en no querer moverse de donde uno esta.”

– Xavier Velasco

Estoy tendido en una hamaca, el agua esta tocando mis pies, mis piernas, una parte de mi espalda, con una mano atrás de mi cabeza y la mirada perdida en el horizonte. 

Estoy en Holbox, es nuestro segundo día. Mi roomie, una amiga y yo nos escapamos de la ciudad el finde para venir a este pedazo de cielo en la tierra. 

Las últimas seis horas las hemos pasado durmiendo, leyendo, tomando unas cervezas y nadando. Solo nosotros, en una playa hermosa, adornada por algunas hamacas, y por la cual pasan algunos turistas esporádicamente. Siento como si mi vida se hubiera transformado por unos instantes en La Laguna Azul, esa película ochentena de una pareja que naufragó en una isla paradisiaca a mitad de la nada y que eran víctimas de un amor pasional entre ellos y el lugar que los rodeaban; como si hubiera recobrado, al menos por unas cuantas horas, el Jardín del Edén del que fueron expulsados Adán y Eva. 

La playa se llama Punta Cocos y es, según mi roomie, el mejor sitio para poder ver la puesta del sol en toda la isla. Independientemente de que lo sea o no, la paz, tranquilidad y el entorno de la playa bien hacen que los cuarenta minutos que caminamos entre el centro de Holbox y la playa, pasando por charcos de casi un metro de profundidad y caminos solo hechos para vehículos todo terreno, valieran la pena. 

Yo llevo una hora sin moverme de la hamaca, esperando que el sol comience a descender. La fusión de colores, entre naranja, amarillo, morado y azul, parecen un atardecer que solo podía ser capturado por Monet. 

Aún hoy, casi seis meses después de haber visto ese atardecer en Holbox, lo puedo recordar como uno de los momentos más felices y significativos de mi vida en la Riviera Maya. 

Supongo que la vida está llena de recuerdos y experiencias que nos marcan y regresan a nosotros, de manera involuntaria, como diría Marcel Proust, para ser aplicados en el momento más oportuno. 

Confieso que soy un tanto curioso. Bueno, creo que siempre lo he sido. También ocioso. Soy algo aficionado a poner esos stickers en las  historias de Instagram en donde tus seguidores pueden hacerte preguntas; soy más del tipo que prefiere que le pregunten algo, en vez de abrirse ante los demás y parecer alguien con el ego hasta las alturas. 

Un día, sin mucho trabajo en la oficina, puse uno de esos stickers y escribí: “Dense. Respondo con la verdad”. 

Unas horas después me llegó una pregunta bastante filosófica comparada con las que generalmente hacen. Decía: “¿Ya eres feliz?”

No se si la pregunta tenía o no el propósito de impresionarme, pero lo hizo; y de pronto me vi preguntándome a mí mismo, al estilo Chava Iglesias de Club de Cuervos: “Mi mismo – con acento Nuevo Toledano – ¿eres feliz?”

Para mi la felicidad no es como la pintan; puede estar en un atardecer, un sabor o una sensación, en ver el cielo estrellado cada noche al salir del trabajo, el hacer feliz a alguien más o incluso el estar a gusto contigo mismo. Pero estoy seguro de que tomé una buena decisión al venirme a vivir a Cancún, sí, no me arrepiento de ello.

En los días más oscuros de mi depresión me cuestionaba una y otra y otra vez hasta quedarme dormido o hasta que las lágrimas se me agotaran: ¿Volveré a ser yo algún día? ¿Volveré a ser feliz?

Sabía que si tenía una respuesta certera sobre ello podría al menos tener la seguridad de que todo iba a estar bien, que solo estaba pasando por una fase; pero también estaba seguro de que si la respuesta era negativa no había más opción más que tomar un cuchillo, un frasco de pastillas, o varias botellas de alcohol, y lanzarme directamente hacia los brazos de la muerte. 

(Por suerte siempre he sabido que soy lo suficientemente cobarde como para suicidarme)

Mi tía Bego fue la única persona en mi familia a la que recurría en esos momentos de desesperación, tal vez porque siempre hemos tenido una conexión fuerte con respecto a nuestras ideas, la forma en la que vemos el mundo y como pensamos en resolverlo. Estando bajo el manto de la depresión le escribí una vez: “Tengo miedo de que las cosas no vuelvan a ser como antes. Tengo miedo de que nunca más vuelva a ser mi anterior yo, de que nunca más pueda volver a ser feliz”. 

“Victor,” me respondió de inmediato, “¿qué es la puta felicidad?, defínela, porque yo todavía no la conozco así como tal. Yo la descubro día a día. Pensé que mi felicidad terminaría con la muerte de mi madre y ¿qué crees?, la felicidad nace y renace a diario. La felicidad así como te la venden NO EXISTE, esas son mamadas. Hay días oscuros, en los cuales comerme una concha con chocolate me ‘hacen el día’, y hay días que resultan absolutamente luminosos. La felicidad también tiene que ver también con la posibilidad de crear, de armar y desarmar, de reírme de mi misma; y una de mis tareas diarias – aunque a veces no suelo lograrlo – es no decir “nunca” ni “siempre”. Ambas palabras son tan definitorias y relativas…”

Su cachetada verbal fue lo único que necesité ese día para levantarme de la cama y poder comenzar a rasguñar las paredes del hoyo emocional en el que estaba. Eran los primeros pasos hacia la salida sana y segura. 

A partir de ese momento comencé a catalogar los momentos que me hacían descubrir la felicidad  día a día: ya fuera estar leyendo un libro que moría por leer desde hacia algún tiempo, o ir manejando y cantando en el coche a todo volumen, sin importar que me juzgaran los demás conductores, o simplemente el estar tirado en mi cama, viendo una película con mi madre haciéndome piojito. Bego tenía razón: la felicidad que nos venden son puras ilusiones, uno debe de construirla día a día, sobretodo partir de esos momentos a los que a veces no les damos tanta importancia pero que bien pueden tener un gran impacto en nosotros. 

Así que ese día, frente a esa pregunta que englobaba muchas emociones y sensaciones que me habían definido en los últimos meses, recordé esa puesta de sol en Holbox, la sensación del agua al hacer el contacto con mi cuerpo, y como mi mente había estado, por primera vez tras varios meses de turbulencia personal, en paz y tranquilidad con lo que la vida le ofrecía. Fue ahí, sin ninguna duda, que pude contestar: “Para mi la felicidad no es como la pintan; puede estar en un atardecer, un sabor o una sensación, en ver el cielo estrellado cada noche al salir del trabajo, el hacer feliz a alguien más o incluso el estar a gusto contigo mismo. Pero estoy seguro de que tomé una buena decisión al venirme a vivir a Cancún, sí, no me arrepiento de ello.” 

Un día leí que la felicidad consiste en no querer moverse de donde uno esta. Si eso es verdad, sé que estoy donde soy feliz, por ahora, donde ando construyendo y descubriendo mi felicidad desde que el sol se pone hasta que estoy acostado esperando que el sueño se apodere de mí. Por eso es que cuando mi auto sabotaje sale a la luz y me cuestiona sobre regresar a casa, el pensamiento que viene al rescate sale y es este: “Mi casa es donde yo me encuentro feliz, y si por ahora lo soy estando aquí, no veo a qué otro sitio debo de regresar.”

Sobretodo cuando aún hay muchas cosas que descubrir día con día estando por acá, 

-V

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