Sesión 2: “Changes” o “No sólo las serpientes cambian de piel”

Domingo por la mañana. No hay ropa que lavar ni casa que limpiar. Tomo mi mochila y un buen libro, me pongo mi traje de baño y mis lentes de sol; después de un desayuno dominical at Mary’s – tres hot cakes con todo y un litro de Chocomilk – tomo el camión para ir a la playa. Lo usual para hacer un domingo completo si uno es joven, tiene veintitantos años y vive en Cancún. 

Después de unos quince minutos en las olas, de haberme puesto algo de bloqueador y bronceador me tiro en mi toalla y me quedo profundamente dormido. Solo me despierta un vendedor ambulante que esta ofreciendo Toritos veracruzanos. Miró mi reloj y han pasado unas dos horas aproximadamente desde que me quedé dormido.

Empieza la metamorfosis. 

Al principio no es evidente, pero cuando llego a casa esa noche, después de haber comido y haber comprado un desodorante para bolas – lo sé, difícil de creer, pero en serio muchas relaciones sexuales se salvarían si se esparciera más la voz con respecto a ese producto – me miró en el espejo. Mi color de piel no es café, ni arenoso, es rojo cual calzón de tianguis en víspera de Año Nuevo. Tenía años que no me quemaba de una forma tan brutal. El único pedazo de mi cuerpo que aún conservo intacto, claro está, es la parte que cubría el traje de baño. Mal día para no haber llevado un speedo. 

El lunes sufro el mover cada parte de mi cuerpo debido a las quemaduras, las cuales trato con un poco de crema de aloe. El martes el dolor es menos intenso pero sigue ahí, y el miércoles me doy cuenta de lo que vendrá el resto de la semana, y posiblemente del mes: estoy cambiando de piel. 

Parece que la vida te da señales justo en el momento en que más las necesitas, a veces de manera directa y otras de manera indirecta. Yo decidí tomar mi cambio de piel como una señal de mi cuerpo gritando desesperadamente que ya era hora de comenzar a cambiar. Ajá, alguien podría avisarle que llevo los últimos seis meses cambiando de manera drástica, incluyendo mi código postal. 

La mamá de mi mejor amigo solía decirnos que de una u otra forma cualquier cambio es bueno; es la manera más sana de cerrar ciclos sin tener que masacrar tu cabello. Desde entonces cada vez que un cambio ocurre en mi vida me acuerdo de ella y sus palabras, y trato de verle el lado bueno al asunto, esto evita que quede estancado en el hoyo de la estabilidad y el conformismo, – y la verdad es que nunca me ha gustado ser conformista. 

A lo que voy es que algo sin mayor importancia como una quemazón corporal, que solo podía verse como un problema estético y de comodidad terminó siendo un tema de reflexión para mi sobre mi vida y los cambios que he tenido en los últimos siete años. 

La última vez que me había quemado de manera tan fea que mi piel comenzó a despegarse fue en un viaje a Acapulco con mi madre. Fue por estas mismas fechas. Aún no acababa la preparatoria y me debatía entre que carrera elegir y la universidad a la que quería asistir. Con el cambio de piel vinieron los cambios radicales que llevaron mi vida hasta este preciso instante: la decisión de una universidad donde nunca había esperado asistir, pero sobretodo la decisión de una carrera que nadie se había esperado para un bibliófilo que soñaba con ser la siguiente voz literaria de su generación. 

Cerré un ciclo, sin haberme dado cuenta, para abrir otro que al final me terminó trayendo hasta la Riviera Maya. 

Y ahora al parecer estaba a la puerta de otro nuevo cambio…

A veces, solo a veces es necesario un pequeño accidente bajo el sol para darnos cuenta de que los cambios no son malos, sino que en realidad son una oportunidad para mejorar en lo que ya destacamos y retarnos a nosotros mismos en terrenos aún sin explorar.

Cancún en maya significa “nido de serpientes”, y al igual que hace varios siglos ellas siguen habitando por estas tierras, solo que ahora no son reptiles, sino son seres humanos que buscan una transformación o un cambio radical en sus vidas tras una larga serie de eventos que han tenido un gran impacto en ellos, generalmente de manera emocional. 

La mayoría de las personas con las que me he topado viviendo acá en los últimos meses vienen buscando en Cancún un respiro de sus vidas sofocantes y desquiciadas en las grandes ciudades, y lo más interesante de esto es que todos se la piensan por bastante tiempo si les llegas a preguntar si regresarían a su lugar de origen. 

Pero, ¿cuál es el cambio que buscamos? 

¿Acaso un cambio físico? ¿Un cambio emocional? ¿Un balance entre ambos? 

Ya había dicho con anterioridad que mi objetivo principal acá era dar un giro de trescientos cincuenta y nueve grados, despegarme de todas las comodidades a las que estaba acostumbrado y lanzarme al mundo real, pero aún sigo preguntándome ¿por qué tuve que empezar acá y no en Ciudad de México, como siempre esperé o soñé? ¿A caso el cosmos siente que aún no estoy listo para las ligas mayores, o sencillamente necesitaba una desintoxicación espiritual de tanta vibra de ciudad entre valles y volcanes? 

Y lo más importante es: ¿qué cambios he realizado con casi cinco meses de estar viviendo en el “nido de las serpientes”? 

Antes – como dijera mi terapeuta – tenía miedo: miedo de ser quien en verdad era. De tener que estar atento a todo momento de no toparme con alguien que conocía por temor a que me preguntara que hacía en tal lugar, así fuera si solamente estaba comprando el Súper por mi cuenta; de tener que estar complaciendo a las personas con las que convivía por no ir a la par con su forma de pensar, y no poder expresar mis ideas libremente. Ni siquiera podía ponerme una playera sin mangas todo el día, porque según mi madre “se me veía rara” porque “no era mi estilo”. 

Ahora…todo eso ya no me importa. 

No me preocupa ir solo a hacer compras, o a comer. Disfruto el tiempo que estoy conmigo; sé que no debo estar yendo por la vida complaciendo a los demás, ya que esa no es mi obligación. Si quiero expresar libremente que soy homosexual ya sea con mi roomie, mis compañeros de trabajo o mis amigos, lo hago, y si quiero contarles y desahogarme de lo mal que me fue en mi última cita con un patán tóxico lo hago, porque al final terminamos riéndonos de eso y lo añadimos a la lista de malas experiencias en el terreno amoroso. Puedo pasar todo el día en shorts, camisa sin mangas, o incluso sin camisa sin importarme si es mi estilo o no, porque yo elijo lo que se me ve mejor a mí y con lo que me sienta más cómodo

He hecho un cambio para bien, y ese es el saber a que cosas hay que temerles y a cuáles no; y lo interesante es que son muy pocas las cosas que merecen un miedo sano y natural, al contrario de las cosas sobre las que nos preocupamos la mayor parte del tiempo. Y ahora mi cuerpo me esta diciendo, de manera literal, que el cambio de piel es el inicio de algo más fuerte, más serio e importante, que requerirá una nueva “piel” para poder enfrentarse a cada obstáculo que se presente.

A veces, solo a veces es necesario un pequeño accidente bajo el sol para darnos cuenta de que los cambios no son malos, sino que en realidad son una oportunidad para mejorar en lo que ya destacamos y retarnos a nosotros mismos en terrenos aún sin explorar. 

No hay necesidad de cortarse el cabello de manera drástica cuando tu misma piel te esta diciendo “Hey, creo que es hora de agarrar otro tono de color, y ahora creo que nos quedaría mejor un tono más oscuro”. 

Afrontar los cambios no significa dejar las cosas atrás, significa tomar lo que tenemos y solo llevarlo hasta otro lado para conseguir mejores oportunidades o experiencias. 

Después de todo, nadie puede pasar su vida sin moverse del mismo sitio, 

-V


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