Prólogo: “Welcome to the the real world” o “De cuento de hadas a historia de terror (psicológico)”

Hubo una vez un joven héroe que se graduó de la universidad.

El joven era inteligente, talentoso y con muchas oportunidades por delante. Desde el momento en que recibió su diploma toda su familia sabía que el futuro le iba a sonreír sin importar a donde fuera o lo que decidiera hacer con su vida.

Pasaron 6 meses  en los que el héroe se dedicó a viajar, aprender nuevos idiomas, verse con viejos amigos de la preparatoria, e incluso acomodó esos cajones de su cuarto que llevaba años sin ser ordenados propiamente. 

Hasta que un día despertó…

Y no hablo en el sentido literal de abrir los ojos, saltar de la cama y comenzar el día, sino que despertó de verdad, a la realidad, sin efectos especiales, encantamientos ni hechizos. El mundo del día a día habitado por millones de personas de carne y hueso. 

Despertó de el cuento de hadas que se había formado en su mente por tantos años y se dio cuenta como eran las cosas en realidad; pasó de ser un héroe ante sus ojos a ser un joven común y corriente, con una carrera concluida, desempleado, 23 años – casi 24 -, aún viviendo con su madre, hijo del famoso “tengo todo esto porque me lo merezco, y nunca he trabajado un solo día en mi vida y es muy probable que nunca lo haga”. Yendo al grano, el tipo se dio cuenta que no era un bueno para nada, pero sí que se había convertido en una de sus peores pesadillas: un Nini. Y lo peor de esto, es que no tenía ni la menor idea de que rumbo iba a tomar su vida. 

La mente por lo general es cabrona, y más si hablamos de la de nuestro protagonista,  quien en estos momentos comenzó a sentirse personaje de una película de Darren Arnofsky o de Lars von Trier: caos reinando por todas partes mientras música clásica suena de fondo, y sin una trama específica.

La realidad de pronto le pareció tan dura, cruel e insoportable, que sus ojos llegaron a dudar de todo lo que veían, creyendo que lo que tenia enfrente era producto de una alucinación o un truco mental (googleen: “desrealización” y/o “despersonalización” para saber más del tema). Fue aquí cuando entraron en escena los dos villanos de la historia: El malvado Dr. Ansiedad y su secuaz, el jorobado Depresión. 

Con los tres juntos – ansiedad, depresión y los sentimientos de no pertenecer al mundo exterior de manera corriente -, el joven se encontró perdido, confundido, solitario y desesperado. La mera idea de existir le parecía horrenda, los sentimientos de no valer nada eran casi permanentes en su mente, y su actividad favorita, antes la lectura, ahora era permanecer en posición fetal en su cama, viendo Netflix y llorando de vez en cuando. No encontraba nada con que salvarse, ni nadie que lo escuchara. No quería preocupar a su madre ni a sus seres queridos, ni quería tampoco cometer algo estúpido, pero temía poder hacerlo. 

Sentía una ansiedad terrible a todo momento; al manejar, al bañarse, al comer. El calor corporal de su cuerpo lo había abandonado y había sido remplazado por miles de cubos de hielo imaginarios en las plantas de sus pies. Su apetito había disminuido, y lo único que ansiaba era poder regresar a su cama para estar ahí tirado todo el día.

En más de una ocasión llegó a creer que su mente se iba a despegar por completo de su cuerpo y nunca más regresaría a ser la persona que era, que quedaría ahí parado, en estado vegetal, mientras su mente era testigo de su deterioro corporal. Temía que esto pasara estando en la calle o rodeado de miles de personas, que incluso pudiera perder el control y dejara de comportarse de manera civilizada. Pero más que nada temía que nunca podría recuperar el control sobre su cuerpo y su mente, que nunca pudiera domar al dragón mental.

En más de una ocasión llegó a pensar que para acabar con todos estos sentimientos era necesario acabar con su vida. Las cuchillos afilados y los estiletes se convirtieron en objetos que le causaban pánico, y en su casa huía de cualquier sustancia que dijera “Tóxico” o “Veneno” en el empaque. 

Fue por eso que acudió con el Hada Madrina de la Hipnoterapia. 

Durante varias sesiones el joven y la terapeuta trataron varios de sus problemas: su sexualidad, su relación con su madre, su autoestima, su dolor, su ansiedad y depresión, etc. Hasta que las cosas comenzaron a mejorar poco a poco. 

Un día el joven vio que su anterior dentista estaba buscando room mate, en Cancún. 

“Ayúdame a encontrar trabajo allá y somos roomies”, le escribió el joven. 

En menos de 72 horas ya había una respuesta por parte de su dentista:

“Envíame tu curriculum, ya te tengo trabajo”, le dijo ella. 

El trabajo era en una empresa de diseño, también en Cancún. (El último sitio donde el joven se veía viviendo, ya que según el Cancún no era parte de México, más bien era el estado 52 de EE.UU.) Por supuesto esto involucraba dejar a su familia, toda su vida conocida hasta el momento y mudarse completamente solo hasta la punta sur del país. 

Tal vez era el sueño para muchas personas, pero para él era un paso enorme, y una vuelta de trescientos cincuenta y nueve grados a su vida. 

Justo lo que necesitaba. 

A la semana llegó un correo de uno de los jefes diciendo que su curriculum lo había impresionado bastante y quería conocerlo en persona…en Cancún. 

Era un domingo en la mañana, normal y gris, cuando el joven recibió la noticia. 

Dejó su depresión y su ansiedad a un lado, tomo su computadora, armó su maleta en unos instantes, y a la mañana siguiente se encontraba volando hacia la entrevista, y tal vez hacia uno de los momentos decisivos en su vida. 

La entrevista no duró más de treinta minutos. El jefe volvió a repetirle al joven lo impresionado que estaba por su curriculum, le agradecía el haber hecho lo posible por haber ido tan pronto, pero no podía asegurarle nada aún. 

“Pero puedes estar seguro que nos encantaría que formaras parte del equipo. No todas las personas toman la iniciativa de venir de un día para el otro, y en la empresa tener iniciativa es algo importante.”

No se dijo más. 

Al día siguiente el joven regresó a casa, y su mente ya se estaba acostumbrando a la idea de que no sería contratado y tendría que quedarse en su ciudad trabajando y viendo las mismas caras de todos los días, presa y víctima de sus demonios mentales. De pronto su teléfono sonó. Era el jefe que lo había entrevistado.

“¡Felicidades! Bienvenido a bordo,” le dijo por la otra línea. 

Y colorín colorado…

¡JA! ¿Qué creyeron? ¿Que ya venía el final feliz?

Si esto apenas es el principio. 

Para estas alturas ya sabrán que el joven era yo. Y me encontraba en una de las decisiones más importantes de mi corta vida, mientras atravesaba uno de mis periodos más oscuros y más profundos de manera mental y emocional.

Por un lado se encontraba una oportunidad de trabajo que no le llega a cualquiera meses después de concluir la universidad, y por otro estaba mi zona de comfort: mi familia, mi perro, mi casa, mis amigos, mis libros, la vida tal y como la había conocido por tantos años. 

Pero también estaba en juego mi salud mental. 

¿Qué quería en realidad? Ser feliz. 

OK, entonces ¿iba a ser feliz en Puebla? 

¿Iba ser feliz en un sitio donde me sentía juzgado por todas las personas? ¿En donde cualquier acción iba acompañada del famoso “¿Qué dirán?”; y donde mantener las apariencias era más importante que la felicidad personal?

¿En verdad era dueño de mi vida al estar viviendo ahí? A todo esto, ¿era feliz donde me encontraba? 

La respuesta la tenía en mi mente desde hace unos años, o tal vez desde siempre: NO. Rotundamente NO.  

Cuando fui a hacer la entrevista, aún presa de la depresión y sorprendido esporádicamente por los ataques de ansiedad, mi tía Bego me dijo: “Eres un pájaro, y extendiste las alas hace mucho tiempo, chamaco. ¿Qué hacen los pájaros cuando extienden sus alas? Vuelan. Pues vas papacito, a volar se ha dicho.”

Sabía que mi vida implicaba en algún momento salir de casa, enfrentarme al mundo real y volverlo mío. Ya no era el joven berrinchudo y asustado de la vida, que no había trabajado un solo día a lo largo de 23, casi 24 años. Ahora era el hombre que debía conocer en carne propia lo que era ganarse su propio dinero, como manejar una casa, lo que era el trabajo de verdad, y todas esas cosas que a la larga lo vuelven a uno un ser humano. Pero había algo que me daba miedo, mucho más de lo que me imaginaba: el fracaso. 

¿Qué pasaba si me equivocaba en mi decisión? ¿Si al final Cancún o el trabajo no eran para mí? ¿Quién se sentiría más decepcionado? ¿Yo, o todas las personas que siempre habían dicho lo inteligente y talentoso que era, y que tenían muchas esperanzas en mí y en mi futuro? ¿Habría personas que se sentirían bien al verme fracasar? 

“Equivocarte”, me dijo un día mi terapeuta tras haber estado hablando por largo rato después de una de nuestras sesiones, “es un recordatorio de que somos seres humanos. No le tengas miedo a la equivocación, más bien témele al no hacerlo. Esta en nuestra naturaleza cometer errores, y si te equivocas por haberte ido hasta allá, no te preocupes: regresas. Asunto arreglado. Pero no puedes saber que sucederá si no lo llevas a cabo.”

¿Y qué pasó después?

Hay una escena en el primer capítulo de Friends que siento que va aplicada a esta historia: Jennifer Anniston, o Rachel en la serie, huye de su propia boda antes de la ceremonia. Sin tener a donde ir en Nueva York recurre a Mónica, una ex compañera de la preparatoria, y su nuevo grupo de amigos, ciudadanos americanos promedio y sin privilegios. Tras decidirse que no va a regresar a su vida anterior y que debe volverse independiente de sus padres, Rachel decide encontrar un trabajo. Sus nuevos amigos realizan una especia de “rito de iniciación” en el cual ella destruye todas las tarjetas de crédito a su nombre, mientras todo el grupo la anima y le dice “¡corta, corta, corta!”. Al terminar de hacerlo Mónica la abraza y le dice la frase que más se ha quedado en mi memoria, y que me animó mucho a tomar la decisión de venir a vivir a Cancún: 

“¡Bienvenida al mundo real! ¡Apesta! Vas a adorarlo.”

Pues heme aquí, en el mundo real, tras casi cuatro meses de vivir fuera de casa. Escribiendo en un Starbucks el intento de un blog que por tantos meses he imaginado. Compartiendo un departamento con mi antigua dentista, que ahora es una de mis mejores amigas acá, formando una familia con mis compañeros de trabajo y amigos, llevando casi una semana sin utilizar redes sociales de ligue -ya les diré después el porque de eso -, con un trabajo algo estresante a veces, pero divertido la otra mitad del tiempo. Lejos de casa, de mi madre, de mi familia, de mi perro, mis amigos y mis libros, pero formando una vida que nunca imaginé que llevaría. Agradeciéndole de manera indirecta a la vida por ese “despertar” metafórico que me dijo a tiempo que era hora de llevar las cosas hacia otro lado, literal. No tenemos gas, no hecho las compras de super en una semana, y no he recibido mi paga mensual hasta dentro de una semana, si es que bien nos va, pero les digo algo, no me arrepiento de nada. Abso-puta-mente de nada. 

Agárrense que viene lo bueno, 

– V. 

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